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1. Introducción

15 Mar

Ni una sola de las cosas que comúnmente creemos acerca de las guerras (y que ayudan a que sigan produciéndose) es verdad. Las guerras no pueden ser buenas ni gloriosas. Tampoco pueden ser justificadas como una forma de alcanzar la paz o cualquier otra cosa de valor. Las razones que se dan para una guerra antes, durante y después de que se produzca (normalmente 3 grupos de razones muy diferentes para una misma guerra)  son todas falsas. Es común imaginar que como nunca iríamos a la guerra sin una buena razón, habiendo ido a la guerra simplemente tiene que haber una buena razón. Esto tiene que ser cambiado. Como no puede existir ninguna buena razón para la guerra, habiendo participado en la guerra, estamos participando en una mentira.

Hace poco, un amigo muy inteligente me dijo que hasta el 2003 ningún presidente de los Estados Unidos había mentido sobre las razones para una guerra. Otro, solo que mejor informado, me dijo que los Estados Unidos no habían tenido ningún problema con mentiras de guerra o guerras indeseables entre 1975 y 2003. Espero que este libro ayude a aclarar los hechos. “Una guerra basada en mentiras”  es solo una forma enrevesada de decir “Una guerra”. Las mentiras son parte del pack.

Las mentiras han precedido y acompañado a las guerras durante milenios, pero en el siglo pasado la guerra se ha hecho mucho más mortífera. Ahora sus víctimas son principalmente no participantes y por lo general casi exclusivas de solo uno de los bandos. Incluso los participantes del bando dominante pueden provenir de una población coaccionada y aislada de aquellos que toman las decisiones sobre o se benefician de la guerra. Aquellos participantes de la guerra que sobreviven probablemente han sido entrenados y condicionados para hacer cosas con las que no podrán vivir en paz. En pocas palabras: la guerra cada vez se parece más al asesinato en masa. Esta comparación también se encuentra en el sistema legal en el pacto de paz de Kellog-Briand de 1928 que prohíbe la guerra, la carta de las Naciones Unidas de 1945 y la decisión de la Corte Penal Internacional de procesar los crímenes de agresión en 2010. Los argumentos que han bastado para justificar las guerras en el pasado pueden no bastar ahora. Las mentiras de guerra son hoy en día mucho más peligrosas. Pero, como veremos, las guerras nunca han sido justificables.

Una guerra defensiva sigue siendo legal, aunque no necesariamente moral. Pero cualquier guerra defensiva es también una guerra de agresión ilegal por parte del otro bando. Todos los bandos en todas las guerras, incluso aquellas con dos agresores claros, siempre afirman estar actuando de manera defensiva. Algunos realmente lo están haciendo. Cuando un ejército poderoso ataca a una nación débil y empobrecida al otro lado del planeta, aquellos que se defienden pueden estar mintiendo – sobre los agresores, sobre sus probabilidades de victoria, sobre las atrocidades que cometen, sobre una recompensa en el paraíso para los mártires, etc. – pero no tienen que mentir para iniciar la guerra, la guerra ha venido a ellos. Las mentiras que crean las guerras y las mentiras que permiten que la guerra siga siendo una de nuestras herramientas de orden público deben tratarse antes que ninguna otra.

Este libro se centra, no exclusivamente pero con gran hincapié, en las guerras de Estados Unidos, porque Estados Unidos es mi país y porque es el mayor creador de guerras del mundo ahora mismo. Mucha gente de este país tiene un escepticismo sano e incluso una incredulidad fanática respecto a declaraciones del gobierno sobre cualquier asunto excepto la guerra. Cuando hablan de impuestos, seguridad social, sanidad o educación se sobreentiende: los políticos son una panda de mentirosos.

Sin embargo, cuando se trata de guerra, algunas de estas personas tienden a creerse cada argumento fantástico que sale de Washington, D.C., y a imaginar que los han pensado ellos mismos. Otros apoyan una actitud obediente que no cuestione a nuestro “Comandante en Jefe”, siguiendo un patrón de comportamiento propio de soldados. Se olvidan de que en una democracia se supone que “el pueblo” es el que manda. También olvidan lo que les hicimos a ciertos soldados Alemanes y Japoneses tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de su honesto argumento de haber seguido las órdenes de sus comandantes. Otras personas simplemente no están seguras sobre que pensar acerca de los argumentos a favor de la guerra. Este libro, por supuesto, está dirigido a aquellos que lo están pensando por sí mismos.

La palabra “guerra” despierta en muchos la imagen de la Primera Guerra Mundial o la Guerra Civil Americana. Oímos constantes referencias al “campo de batalla” como si las guerras todavía consistieran en un par de ejércitos alineados el uno contra el otro en un espacio abierto. Algunas de las guerras de hoy en día se definen mejor como “ocupaciones” y pueden ser visualizadas mejor como un cuadro de Jackson Pollock con 3 colores salpicados por todas partes, uno representando el ejército de ocupación, el segundo representando al enemigo, y un tercero representando los civiles inocentes – solo que los colores segundo y tercero solo se pueden distinguir uno de otro con ayuda de un microscopio.

Pero las ocupaciones activas con violencia constante deben distinguirse de las numerosas ocupaciones “frías” que consisten en tropas extranjeras con bases permanentes en naciones aliadas. ¿Y donde colocamos las operaciones que consisten en el bombardeo constante de una nación desde aviones no tripulados pilotados por hombres y mujeres al otro lado del planeta? ¿Eso es una guerra? ¿El envío de escuadrones de muerte secretos a naciones para que hagan su voluntad también es participar en una guerra? ¿Y armar a un país bajo control y alentarlo a que lance ataques sobre un país vecino o sobre su propio pueblo? ¿Es una guerra vender armamento a naciones hostiles del mundo o facilitar la expansión de las armas nucleares?  Quizás no todas las acciones cuasi bélicas injustificables sean realmente actos de guerra. Pero muchas son acciones a las que se deberían aplicar las leyes de guerra internacionales y sobre las cuales deberíamos tener información y control.  En el sistema de gobierno Americano, el poder legislativo no debería ceder la decisión constitucional de ir a la guerra a los presidentes simplemente porque la apariencia de la guerra haya cambiado. La gente no debería perder su derecho a saber lo que está haciendo su gobierno simplemente porque sus acciones son cuasi bélicas pero no son realmente guerra.

Aunque este libro se centra en las justificaciones ofrecidas para las guerras, también es un argumento contra el silencio. La gente no debería permitir que miembros del congreso se presentaran como candidatos  sin explicar su postura respecto a la financiación de las guerras, esto incluye guerras no declaradas que consisten en repetidos ataques con aviones no tripulados o el bombardeo de naciones extranjeras, incluye guerras rápidas que aparecen y desaparecen en el curso de un periodo en el congreso, e incluye también largas guerras que aun continúan, aunque nuestros televisores se olviden de mostrarlo.

El pueblo Estadounidense puede estar ahora más en contra de las guerras que nunca antes, esto es la culminación de un proceso que ha llevado más de siglo y medio. El sentimiento anti-guerra era muy profundo entre las dos guerras mundiales, pero ahora está más firmemente establecido. Sin embargo, flojea al enfrentarse con guerras en las que mueren pocos americanos. El goteo constante de muertes de americanos cada semana en una guerra sin fin se ha convertido en algo común en nuestra nación. La preparación para la guerra está en todas partes y rara vez es cuestionada.

Estamos más saturados de militarismo que nunca antes. El ejército y la industria que lo apoya se llevan cada vez una parte mayor de la economía, proporcionando empleos intencionadamente repartidos por todos los distritos electorales. Los reclutadores del ejército y la publicidad de reclutamiento son ubicuos. Los eventos deportivos en la televisión dan la bienvenida a “los miembros de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, siguiéndonos desde 177 países en el mundo” y nadie pestañea. Cuando las guerras comienzan, el gobierno hace lo que haga falta para persuadir a suficientes personas para apoyar las guerras. Una vez que el pueblo se vuelve en contra de estas guerras, el gobierno resiste la presión para acabarlas con la misma efectividad.  Algunos años después de comenzadas las guerras de Afganistán e Irak, una mayoría de americanos respondieron a las encuestas diciendo que había sido un error empezar ambas guerras. Pero las mayorías fácilmente manipuladas apoyaron esos errores cuando se cometieron.

Durante las dos guerras mundiales, los países demandaban cada vez mayores sacrificios por parte de la mayoría de su población para que apoyaran la guerra. Hoy, la justificación de la guerra debe superar la resistencia de la gente a los argumentos que los han engañado en el pasado. Pero, en apoyo de la guerra, no se tiene que convencer a la gente para que hagan grandes sacrificios, se alisten, cultiven su propia comida o reduzcan su consumo. Solo hay que convencer a la gente para que no hagan nada en absoluto, o como mucho les digan a encuestadores telefónicos que apoyan la guerra. Los presidentes que nos llevaron a las dos guerras mundiales y nos hundieron más en la guerra de Vietnam fueron elegidos afirmando que nos mantendrían aparte, incluso viendo ventajas políticas en la opción de entrar.

Llegada la época de la guerra del golfo (siguiendo el patriótico aumento de apoyo hacia la primera ministra británica Margaret Thatcher durante su rápida guerra contra Argentina por las islas Falkland en 1982) las posibilidades de ganar ventaja electoral, por lo menos por guerras rápidas, dominaba el pensamiento político. Del presidente Bill Clinton se sospechó (con razón o sin ella) que había lanzado acciones militares para distraer la atención de sus escándalos personales. El deseo de lanzar una guerra de George W. Bush no era ningún secreto mientras corría como candidato a la presidencia, llegando a decir en un debate de las elecciones primarias en New Hampshire en diciembre de 1999: “Yo lo eliminaría, eliminaría las armas de destrucción masiva….me sorprende que aún siga ahí”. Bush luego dijo al New York Times que había dicho “eliminar” refiriéndose a las armas, no al gobernante de Irak. El candidato a la presidencia Barack Obama prometió acabar con una guerra pero intensificar otra y aumentar la maquinaria de la guerra.

Esa maquinaria de guerra ha cambiado a lo largo de los años, pero algunas cosas siguen siendo iguales. Este libro expone ejemplos de lo que considero son las principales categorías de mentiras de guerra, ejemplos de todo el mundo y a lo largo de siglos. Podría haber organizado esta historia en orden cronológico y nombrado cada capítulo por una guerra en concreto. Un proyecto así habría sido inacabable así como repetitivo. Habría producido una enciclopedia, cuando lo que yo creía que era necesario era una guía, un manual empleado en prevenir y acabar guerras. Si quieres encontrar todo lo que he incluido sobre una guerra en concreto, puedes usar el índice al final del libro. Sin embargo yo recomiendo leer el libro en orden para ver como se desmontan los argumentos más comunes en el negocio de las mentiras de guerra, mentiras que siempre vuelven como zombis que nunca mueren.

Este libro apunta a destapar la falsedad de todas las razones, tanto las más como las menos coherentes,  que se han ofrecido para las guerras. Si este libro tiene éxito en su cometido, la próxima vez que se proponga una guerra no habrá que esperar para ver si las justificaciones resultan ser falsas. Sabremos que son falsas desde el principio, y sabremos que aunque fueran reales, no servirían como justificación. Algunos de nosotros sabíamos que no había armas en Irak y que aunque las hubiese habido, eso no autorizaría legal ni moralmente una guerra.

Nuestro objetivo debería ser la preparación para la guerra en un sentido diferente: deberíamos estar preparados para rechazar las mentiras que podrían lanzar o prolongar una guerra. Esto es justamente lo que hizo la abrumadora mayoría de americanos al rechazar las mentiras sobre Irán durante los años que siguieron a la invasión de Irak. Nuestra preparación debe incluir una respuesta ante el argumento más difícil de refutar: el silencio. Cuando no hay ningún tipo de debate sobre si bombardear o no Pakistán, el bando pro-guerra gana automáticamente. Deberíamos movilizarnos no solo para parar, sino también para prevenir las guerras, ambas acciones requieren presionar a aquellos que están en el poder, una cosa muy diferente a persuadir a observadores honestos.

Aun así, convencer a los observadores honestos es por donde debemos empezar. Las mentiras de guerra vienen en todos los tamaños y formas, y yo las he agrupado en lo que creo que son los grandes bloques en los capítulos que siguen.  La idea de la “gran mentira” es que una persona que normalmente cuenta “mentirijillas” más que grandes mentiras, tiende a dudar más de las pequeñas mentiras de los demás que de las grandes. Pero no es tanto el tamaño de la mentira como el tipo lo que más importa. Puede ser muy doloroso darte cuenta de que gente a la que consideras líderes malgasten vidas humanas sin una buena razón. Es más agradable suponer que nunca harían tal cosa, aunque esta suposición requiera borrar algunos hechos bien conocidos de tu conciencia. Lo doloroso no está en creer que serían capaces de contar grandes mentiras, sino en creer que cometerían grandes crímenes.

Las razones que se dan para una guerra no son todas razones legales ni son todas razones morales. No siempre son coherentes unas con otras, pero aun así se dan a la vez, ya que atraen a diferentes grupos de potenciales partidarios de la guerra. Nos cuentan que las guerras se luchan contra gentes malvadas o dictadores demoniacos que ya nos han atacado o que podrían hacerlo pronto. De esta manera, estamos actuando en defensa. Algunos prefieren ver a toda la población enemiga como malvada y otros prefieren culpar solamente a su gobierno. Para que algunas personas apoyen la guerra, debe parecer humanitaria, luchada del lado de la población, la misma población que otros partidarios de la misma guerra quieren borrar del mapa. Incluso cuando las guerras se convierten en tales actos de generosidad, debemos tener cuidado de fingir que son inevitables. Nos dicen (y nos lo creemos) que no hay ninguna otra opción. La guerra puede ser una cosa horrible, pero nos hemos visto obligado a ello. Nuestros guerreros son héroes y aquellos que han formulado la política a seguir tienen motivos nobles y están mejor cualificados que nosotros para tomar las decisiones críticas.

Sin embargo, cuando una guerra ya ha comenzado, no la continuamos para vencer al malvado enemigo ni para conferirles beneficios; continuamos las guerras sobre todo por el bien de nuestros propios soldados desplegados en el “campo de batalla” y llamamos a este proceso “apoyar a las tropas”. Y si queremos acabar con una guerra impopular, lo hacemos intensificándola. De esta manera alcanzamos la “victoria”, de la que seremos fielmente informados a través de nuestros televisores. De esta manera hacemos el mundo mejor y mantenemos el estado de derecho. Prevenimos las guerras futuras continuando las guerras presentes y siempre preparándonos para más.

O eso queremos creer.