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2. Las Guerras No Se Libran Contra el Mal

17 Mar

Una de las excusas más antiguas para la guerra es que el enemigo es malvado sin remedio. Adora al Dios equivocado, su piel y su idioma son los equivocados, comete atrocidades y no se puede razonar con él. La larga tradición de librar la guerra sobre los extranjeros y convertir a la religión correcta a los supervivientes “por su propio bien” es similar a la práctica actual de matar a los extranjeros por que sus gobiernos ignoran los derechos de las mujeres. De entre los derechos que cita esta razón falta uno: el derecho a la vida, tal como nos han intentado explicar los grupos de mujeres Afganas que no quieren que se use su situación para justificar la guerra. La supuesta maldad de nuestros oponentes nos permite no contar las muertes de mujeres o niños no americanos. Los medios occidentales refuerzan nuestra perspectiva distorsionada con imágenes de mujeres tapadas con el burka, pero no se arriesgan a ofendernos con fotografías de las mujeres y niños asesinados por nuestras tropas y nuestros ataques aéreos.

 

Imagina que las guerras realmente tuvieran objetivos humanitarios, la “marcha de la libertad” y la “propagación de la democracia”: ¿No contaríamos a los muertos extranjeros para hacer una estimación de si el bien que intentamos hacer compensa el daño que hacemos? No lo hacemos porque consideramos que el enemigo es malvado, merece morir y cualquier otro tipo de pensamiento constituiría una traición a nuestro propio bando. En Vietnam y en guerras anteriores, se contaba a los enemigos muertos como medida de progreso. En el 2010 el General David Petraeus revivió esta costumbre en Afganistán, pero sin contar a los civiles muertos. Por lo general hoy en día cuanto mayor es el número de muertos, más duras son las críticas contra la guerra. Pero, evitando los recuentos y las estimaciones, seguimos concediendo a esas vidas un valor nulo e incluso negativo.

 

Y al igual que los paganos irredimibles fueron convertidos a la religión correcta cuando la muerte y el sufrimiento cesaron, también nuestras guerras llegan a un final, o por lo menos a una ocupación permanente de un pacífico país marioneta. Llegados a ese punto, los siniestros enemigos se convierten en aliados admirables, o por lo menos tolerables. ¿Entonces, eran malvados desde el principio o decirlo hacía más fácil llevar a un país a la guerra y convencer a sus soldados para que apuntaran y dispararan? ¿La gente de Alemania se convertía en monstruos inhumanos cada vez que íbamos a la guerra contra ellos y luego revertían a seres humanos completos cuando se hacía la paz? ¿Cómo se convirtieron nuestros aliados rusos en un imperio malvado en el momento en que dejaron de desempeñar la humanitaria obra de matar alemanes? ¿Solo fingíamos que eran buenos, cuando en realidad habían sido malvados todo el tiempo? ¿O solo fingíamos que eran malos cuando en realidad solo eran seres humanos confusos, como nosotros? ¿Cómo se convirtieron las gentes de Afganistán e Irak en seres demoníacos cuando un grupo compuesto en su mayoría de saudís estrellaron aviones contra edificios en los Estados Unidos, y sin embargo los saudís seguían siendo seres humanos? No busques la lógica.

 

La creencia en una cruzada contra el mal sigue siendo una motivación real para los que apoyan la guerra así como para los que participan en ella. Algunos de estos partidarios de la guerra y participantes siguen estando motivados por un deseo de matar y convertir a los no cristianos. Pero nada de esto se acerca a las motivaciones reales de los que dirigen las guerras y que se tratarán en el capítulo seis. Su odio e intolerancia pueden tranquilizarlos, pero por lo general no dirigen su agenda. Los planificadores de la guerra encuentran en el miedo, el odio y la venganza fuertes motivaciones para el público y los reclutas. Nuestra cultura popular, saturada de violencia, nos hace sobreestimar el peligro de un ataque y nuestro gobierno utiliza ese miedo mediante amenazas, advertencias, niveles de alerta con códigos de colores, registros de seguridad en aeropuertos y barajas de cartas con las caras de nuestros peores enemigos pintadas sobre ellas.